Los refugios de la Guerra Civil que perviven bajo Zaragoza

Bajo las aceras y plazas de Zaragoza discurre una red de galerías que apenas nadie recuerda. Construidas con urgencia durante los meses más duros de la Guerra Civil, estas bóvedas sirvieron de amparo a miles de vecinos que escuchaban las sirenas desde sótanos improvisados. Hoy, varias siguen ahí, ocultas bajo el tráfico y los comercios, aguardando una mirada más atenta.

Los bombardeos que sufrió la ciudad entre 1936 y 1939 fueron devastadores por su condición de capital sublevada y por la concentración de industria bélica en su término municipal. Ante la crudeza de los ataques aéreos, el Ayuntamiento y la población civil respondieron con un esfuerzo colectivo que transformó el subsuelo en un laberinto protector. Aquellas obras forman parte de un patrimonio subterráneo que los especialistas aún están cartografiando.

Este artículo recorre la historia de esos refugios, su arquitectura, la vida que protegieron y el modo en que algunos han regresado a la memoria reciente. También los sitúa junto a otras arquitecturas de resguardo que la humanidad ha excavado a lo largo de los siglos para sobrevivir.

La Zaragoza que recibió las bombas

La posición estratégica de Zaragoza en el conflicto la convirtió en objetivo prioritario de la aviación republicana. Su nudo ferroviario, sus fábricas de armamento y la presencia de la cúpula militar la señalaron como diana recurrente desde los primeros compases de la guerra. Los ataques se intensificaron a partir de 1937, con incursiones que alcanzaban el casco viejo, el Arrabal y los barrios del ensanche.

Los registros históricos recogen decenas de bombardeos que dejaron cientos de víctimas y un paisaje urbano sembrado de ruinas. La población vivía con la incertidumbre constante de las sirenas, y las familias aprendieron a confiar más en los muros gruesos que en los techos de sus viviendas. Esa presión diaria fue la verdadera impulsora de la construcción de los refugios.

La respuesta ciudadana no fue espontánea, aunque a menudo se recuerda así. Existió un plan municipal que clasificaba las zonas según su riesgo, priorizaba las áreas más afectadas y asignaba materiales. La red se levantó en cuestión de meses, con turnos nocturnos para no interrumpir la vida cotidiana.

Cómo se levantaron las galerías de supervivencia

La construcción respondía a criterios muy concretos: resistencia al impacto, capacidad para alojar a un número elevado de personas y ventilación suficiente para soportar varias horas de encierro. Los ingenieros diseñaron galerías estrechas, con muros de hormigón de medio metro y bóvedas de ladrillo donde el material escaseaba. Los trazados aprovechaban antiguos sótanos, bodegas y trincheras previas para reducir costes.

El procedimiento habitual consistía en abrir una zanja vertical desde la calle, revestir las paredes con mampostería y cubrirlas con una losa armada. En los casos más urgentes, los vecinos profundizaban sus propios sótanos y los conectaban con pasadizos ciegos. El resultado fue un entramado irregular que aún desconcierta a quienes lo exploran con planos en la mano.

La ventilación se resolvía con chimeneas aflorando en patios interiores o en zonas verdes, camufladas como simples respiraderos. La separación interna se marcaba con cuerdas y toldos colgados del techo, y la iluminación se basaba en faroles de aceite o velas. Cada refugio tenía su propio comité de vecinos encargado de mantener el orden durante los avisos aéreos.

La vida cotidiana en la penumbra

Cuando sonaban las alarmas, las calles se vaciaban en minutos. Los vecinos corrían hacia las bocas más cercanas, identificadas por montículos de tierra o señales pintadas en fachadas. Dentro, la oscuridad, el miedo y el ruido de las detonaciones convertían cada incursión en una prueba de resistencia colectiva. Los niños dormían en catres improvisados y los ancianos permanecían sentados contra los muros.

La convivencia forjada en aquellos túneles dejó huellas profundas. Familias que nunca se habían cruzado fuera del subsuelo trabaron amistades duraderas, y los vecinos recuerdan todavía a quienes compartían techo durante los avisos. Los objetos olvidados y las pequeñas anécdotas forman parte de la memoria oral de quienes entonces eran niños.

La rutina estaba reglada por turnos de vigilancia y por normas de higiene elemental. Había un responsable por turno, un encargado de los heridos leves y, en los refugios más grandes, una enfermería improvisada. La salida se realizaba en grupos para evitar aglomeraciones en las escaleras. Ese aprendizaje marcó para siempre la relación de la ciudad con su subsuelo.

Tipos y trazados de los refugios zaragozanos

Los refugios de la Guerra Civil en Zaragoza se pueden clasificar según su ubicación, su planta y su capacidad. La siguiente tabla resume los rasgos principales de los más conocidos, según la documentación municipal y los estudios arqueológicos disponibles.

Refugio Ubicación Planta Capacidad Estado actual
Plaza de los Sitios Centro Lineal con ramales 400 personas Visitable, parcialmente restaurado
Parque del Agua Torrero Lineal 250 personas Sellado, pendiente de musealización
Calle Contamina Casco viejo Ramificada 180 personas Integrado en sótanos privados
Las Fuentes Las Fuentes Lineal con ensanches 600 personas Cerrado por seguridad estructural
Actur Actur Lineal 300 personas Desconocido, planos en el archivo

Aunque comparten una misma lógica defensiva, cada uno refleja las particularidades del terreno y del barrio que lo excavó. Los del centro combinan galerías comerciales antiguas con tramos específicamente levantados durante la guerra, mientras que los de los barrios periféricos suelen alinearse con antiguas acequias o caminos rurales. Esa diversidad es una de las riquezas menos conocidas del patrimonio subterráneo zaragozano.

El olvido y la memoria recuperada

Tras el fin de la guerra, la mayoría de los refugios fueron sellados por motivos de seguridad y orden público. Algunos se convirtieron en almacenes, otros en vertederos y muchos quedaron olvidados bajo nuevas construcciones. El crecimiento urbano de los años siguientes sepultó bocas de acceso, modificó trazados y borró cualquier señal exterior del esfuerzo colectivo.

El interés por estos espacios resurgió a finales del siglo XX, de la mano de asociaciones vecinales e historiadores locales. Los primeros estudios serios cartografiaron lo que quedaba, identificaron bocas perdidas y pidieron su conservación. Varias exposiciones, visitas guiadas y publicaciones han conseguido que los zaragozanos más jóvenes reconozcan estos túneles como parte de su identidad urbana.

La administración municipal ha impulsado un plan de protección que incluye la restauración de accesos y la creación de centros de interpretación. La intención es doble: preservar el patrimonio y ofrecer a vecinos y turistas una lectura distinta de la ciudad, desde abajo y desde dentro. La tarea avanza con lentitud por la complejidad técnica y la escasez de recursos disponibles.

Paralelos con otras arquitecturas de resguardo

Los refugios zaragozanos no son un caso aislado. A lo largo de la historia, las sociedades humanas han excavado el suelo para protegerse de conflictos, inundaciones o invasiones. En Europa, los túneles bajo Londres, Berlín o Belgrado comparten con los nuestros una misma voluntad de supervivencia, aunque difieran en escala y técnica. En Asia, los aljibes y pozos escalonados de la India antigua ofrecen un contrapunto asombroso por su monumentalidad.

Un ejemplo paradigmático de esa arquitectura excavada es Chand Baori, en Abhaneri, cuya escala ha sido mostrada por imágenes de dron que revelan su profundidad y sus once niveles de galerías. Aunque su función era hidráulica y religiosa, su lógica estructural recuerda a la de nuestros refugios: descender al subsuelo para garantizar la continuidad de la vida cotidiana.

En un registro completamente distinto, el guerrero dormido en County Clare muestra cómo la tierra también ha servido para custodiar la memoria de los muertos y de los héroes nacionales. Esa relación entre subsuelo, identidad y leyenda forma parte del mismo imaginario que llevó a los vecinos de los años treinta a confiar su vida a las galerías que hoy nos ocupan.

De búnkeres clausurados a patrimonio vivo

El futuro de los refugios zaragozanos pasa por un equilibrio delicado entre conservación, accesibilidad y memoria. Convertirlos en meras curiosidades turísticas traicionaría su significado, pero dejarlos cerrados para siempre condenaría al silencio una de las páginas más intensas de la historia urbana. Algunos expertos proponen itinerarios parciales, combinados con otras capas del pasado reciente de la ciudad.

Experiencias como la del Tubo y su laberinto demuestran que Zaragoza sabe transformar sus espacios más singulares en lugares vivos, abiertos a la ciudadanía. Ese mismo espíritu es el que puede aplicarse a las galerías subterráneas: abrirlas con rigor, dotarlas de contenido y conectarlas con la vida del barrio que las vio nacer. La clave está en que cada visita sume, no reste, capas de significado.

La protección de estos espacios exige un trabajo continuo de documentación, señalización discreta y formación de guías y asociaciones. Solo así podrá evitarse que el patrimonio subterráneo vuelva a quedar en el olvido durante otras décadas. Zaragoza tiene la oportunidad de situarse a la cabeza de la puesta en valor de refugios antiaéreos en España, si consigue articular un proyecto estable y compartido con su ciudadanía.

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