Los cafés históricos de Zaragoza: del Suizo al Ambos Mundos
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, los cafés zaragozanos se transformaron en verdaderos salones de la vida pública. Eran puntos de encuentro para literatos, periodistas, comerciantes y paseantes que buscaban en una taza de café el pretexto para conversar, leer la prensa o discutir los asuntos de la ciudad. La capital aragonesa, con su tradición de tertulia y su carácter cosmopolita, reunió algunos de los establecimientos más memorables del Levante español, espacios que aún perviven en la memoria colectiva a través de fotografías, postales y relatos orales.
El recorrido por estos locales permite reconstruir no solo la historia social de Zaragoza, sino también la transformación de su paisaje urbano. Muchas de las calles que los albergaron cambiaron de nombre, de uso o de fisonomía, y los edificios que los acogieron fueron testigos de reformas y demoliciones. Por eso, quien hojea los archivos visuales de Zaragoza Ayer y Hoy descubre que cada café era también un capítulo del callejero, una huella dibujada entre columnas, mesas de mármol y espejos antiguos.
El despertar de la tertulia aragonesa
La cultura del café llegó a España a mediados del siglo XVIII, pero en Zaragoza arraigó con especial intensidad gracias a la herencia de los antiguos locales de reunión gremial y a la presencia de una burguesía emergente. Los primeros establecimientos imitaban el modelo europeo, con mesas redondas, sillas de rejilla y una barra donde despachaban chocolate y licor. En pocos años se convirtieron en lugares de cita obligada para los miembros de las sociedades económico-literarias, verdaderos embriones del asociacionismo moderno.
A diferencia de otras ciudades, Zaragoza conservó durante más tiempo la costumbre de la tertulia fija, donde un grupo reducido se reunía a la misma hora en torno a una mesa reservada. Estos círculos coincidían con frecuencia en los mismos cafés y protagonizaron rencillas y amistades que han quedado reflejadas en la prensa local. La ciudad fue también escenario de veladas musicales y recitales poéticos que convirtieron a estos locales en pequeñas aulas de cultura, donde la lectura del periódico se mezclaba con el debate filosófico y la conspiración cotidiana.
El Café Suizo: corazón de la bohemia zaragozana
El Café Suizo, conocido popularmente como El Suizo, se instaló en el Coso zaragozano a finales del siglo XIX y se convirtió en poco tiempo en el centro neurálgico de la vida intelectual. Su nombre rendía homenaje a la moda helvética y a la elegancia que se atribuía a los cafés de Ginebra y Zúrich, aunque su atmósfera era profundamente aragonesa. Allí se daban cita poetas en sus primeros años, periodistas de El Noticiero y abogados aficionados a la política que encontraban en sus veladores un foro improvisado.
El local destacaba por su decoración de aire centroeuropeo: molduras en el techo, espejos de luna, mesas de mármol blanco y camareros con delantal negro. En los días de lluvia, el rumor de las conversaciones se mezclaba con el repiqueteo de los paraguas contra los cristales, una estampa que quedó inmortalizada en las fotografías de la época. La terraza, orientada al Coso, permitía observar el trasiego de tranvías y carruajes que daban a esta arteria un aire de capital moderna. La tertulia del Café Suizo fue, durante décadas, el crisol donde se fraguaron amistades literarias y se tramaron algunas de las publicaciones más recordadas de la prensa regional.
Otros templos del café en la ciudad
Más allá del Suizo, Zaragoza contaba con una red tupida de establecimientos que marcaban el ritmo cotidiano de sus barrios. El Café de la Marina, próximo al Ebro, era frecuentado por los estudiantes de la cercana universidad y por los oficiales de guarnición que buscaban una atmósfera más sosegada. El Café Royal, en pleno centro, aspiraba a una clientela más selecta y ofrecía conciertos vespertinos en los que interpretaban piezas de zarzuela y música de cámara. Por su parte, el Café Coso y el Café de la Esteva completaban un abanico donde cada vecino encontraba un lugar acorde con su bolsillo y sus gustos.
En los barrios más populares, los cafés adoptaban un aire más democrático. Eran a la vez despacho de vinos, lonja de contratación y lugar de juego, donde partidas de dominó y tertulias de barberos convivían con lecturas de novelas por entregas. Las fachadas solían ser sobrias, con rótulos pintados directamente sobre el revoco y toldos de lona que protegían del sol del verano. Esta diversidad de ambientes demuestra que la cultura del café en Zaragoza no fue un fenómeno de elites, sino una práctica urbana compartida por artesanos, militares, profesores y tenderos, cada uno con su horario y su rincón preferido.
Ambos Mundos: el epílogo de una época
A medida que avanzaba el siglo XX, los grandes cafés decimonónicos empezaron a compartir protagonismo con nuevos locales de estética más moderna. Entre ellos destacó el Café Ambos Mundos, fundado en 1917, que tomó su nombre del ambiente cosmopolita que pretendía evocar. Situado en una zona de fuerte actividad comercial, se anunció como un espacio de encuentro entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición zaragozana y las corrientes internacionales que llegaban a la ciudad tras la Gran Guerra. Su interior combinaba el estilo art déco con detalles de inspiración clásica, lo que lo convirtió en uno de los locales más fotografiados de su tiempo.
El Ambos Mundos fue escenario de conciertos de jazz en los años veinte y treinta, y sus mesas acogieron a figuras del periodismo, la política y las artes escénicas. Tras la guerra civil, el café atravesó una etapa difícil, pero logró mantener parte de su clientela gracias a la reputación de sus chocolates y a la calidad de su servicio. Con el paso de los años, la competencia de los bares modernos y la transformación del comercio local fueron apagando su brillo. Hoy su nombre se recuerda como un símbolo de una etapa irrepetible, la misma que retrata el reportaje la-calle-de-las-cuchillerias-y-el-comercio-de-antano-324058 sobre el trasiego mercantil que rodeaba a estos establecimientos.
El legado urbano y la memoria visual
Recorrer los antiguos cafés de Zaragoza es también un ejercicio de arqueología urbana. Muchos de los locales cerraron o cambiaron de actividad sin dejar apenas rastro, y solo la fotografía, la pintura y el periodismo nos permiten hoy situarlos en el plano de la época. Las imágenes conservadas muestran marquesinas desaparecidas, rótulos borrados por el sol y grupos de clientes que miran a la cámara con la naturalidad de quien forma parte de la rutina diaria. Ese patrimonio gráfico es el que sostiene el trabajo documental de portales como Zaragoza Ayer y Hoy, que rescata fotografías históricas para compararlas con las actuales y mostrar cómo ha cambiado cada rincón de la ciudad.
El estudio de estos espacios invita a reflexionar sobre el papel de los cafés como lugares de memoria. No solo servían bebidas: eran puntos de orientación en el mapa mental de los zaragozanos, referencias que permitían decir "nos vemos en el Suizo" o "estoy en el Ambos Mundos". Algunos historiadores incluso han comparado su función con la de las columnas quebradas que adornan ciertos monumentos funerarios, pues su desaparición física no implica el final de su presencia simbólica. Como explica un ensayo sobre el simbolismo de la columna rota, la ruina habla tanto como la construcción entera, y a veces con mayor elocuencia.
| Café | Época de apogeo | Ubicación aproximada | Carácter | Estado actual |
|---|---|---|---|---|
| Café Suizo | 1880-1920 | Coso zaragozano | Literario y bohemio | Cerrado, edificio transformado |
| Café Royal | 1890-1930 | Centro | Selecto y musical | Cerrado |
| Café de la Marina | 1895-1940 | Cerca del Ebro | Estudiantil y tranquilo | Cerrado |
| Café de la Esteva | 1880-1910 | Zona comercial | Popular y mercantil | Desaparecido |
| Café Coso | 1895-1935 | Coso | Variado y céntrico | Cerrado |
| Café Ambos Mundos | 1917-1960 | Área comercial moderna | Cosmopolita y moderno | Cerrado |
Estos datos permiten hacerse una idea del ritmo y la geografía de la vida cafetera zaragozana. Más allá de los nombres, lo interesante es comprobar cómo cada local respondía a un perfil social distinto y ocupaba un lugar preciso en la rutina de la ciudad. Algunos nacieron junto a las plazas de abastos para aprovechar la clientela del mercado; otros se instalaron en calles peatonales donde el paseo era el verdadero negocio. Las fotografías históricas muestran a veces una aglomeración de mesas en plena acera, con camareros que cruzan entre los coches de caballos y los primeros tranvías eléctricos, una escena que hoy cuesta imaginar pero que define la fisonomía urbana de la Zaragoza de hace un siglo.
Si te interesa seguir el rastro de estos establecimientos, la mejor herramienta es la fotografía comparada. Los archivos digitales permiten colocar una imagen antigua junto a una instantánea actual y observar dónde estaba el rótulo, cómo era la fachada y qué ha cambiado en la acera o en el tráfico. Esa misma metodología es la que aplica el equipo de Zaragoza Ayer y Hoy en sus reportajes, combinando cartografía histórica, fotografías de archivo y recorridos a pie para reconstruir la memoria visual de la ciudad. Animamos a nuestros lectores a entrar en la página, buscar los rincones que mejor conocen y comprobar por sí mismos cómo un simple café puede ser la llave para entender una época entera del urbanismo zaragozano.