Las casas colgadas del Coso: el destino de sus fachadas
El Coso fue durante siglos la arteria más representativa de Zaragoza, una calle donde la vida mercantil, la presencia nobiliaria y las rutinas vecinales se reflejaban en una arquitectura singular. Las denominadas casas colgadas, con sus plantas superiores proyectadas sobre la calzada, conformaban un perfil inconfundible que los grabadores y los primeros fotógrafos plasmaron en imágenes hoy imprescindibles para entender la fisonomía histórica de la ciudad. Sus voladizos, sostenidos por ménsulas de madera o de piedra, ofrecían sombra continua a los paseantes y convertían la calle en un espacio a la vez recogido y solemne.
Al recorrer hoy el trazado actual del Coso, cuesta reconocer aquel escenario. Las reformas urbanísticas del siglo pasado eliminaron buena parte de aquellas construcciones, reemplazándolas por inmuebles de líneas funcionales y alturas uniformes. Sin embargo, el archivo visual zaragozano conserva el retrato exacto de lo que existió, y al confrontar esas estampas con las fotografías presentes surge una cuestión inevitable: ¿qué fue de aquellas fachadas suspendidas y por qué motivo se desvaneció su primera línea urbana?
El nacimiento de una tipología singular
La costumbre de ganar espacio sobre la vía pública no fue exclusiva del Coso, pero allí adquirió su forma más reconocible. Las primeras menciones documentales a cuerpos avanzados sobre el pavimento aparecen en protocolos notariales del siglo XVI, cuando el crecimiento demográfico dentro del recinto amurallado obligó a los propietarios a aprovechar cualquier superficie útil. En una Zaragoza ceñida por sus murallas, levantar pisos salientes constituía una solución tan eficaz como arraigada en la tradición peninsular.
Los artesanos responsables de aquellas obras solían pertenecer a los gremios de carpinteros y canteros que trabajaban siguiendo patrones heredados del mudéjar y del renacimiento aragonés. La estructura de madera se reforzaba con tirantes metálicos, mientras que los canecillos se tallaban en yeso o piedra, decorados con motivos geométricos o heráldicos. El resultado era un alero continuo que recorría la calle y daba al Coso un aire casi mediterráneo, próximo a las soluciones arquitectónicas de otras ciudades del levante español.
Cabe recordar que muchas de aquellas fincas pertenecían a familias de mercaderes que habían acumulado fortuna con el comercio de la lana y la seda durante la Baja Edad Media. Sus palacios, aunque discretos frente a las grandes residencias nobiliarias, exhibían el mismo deseo de representación social a través de la fachada. Precisamente por su cercanía a la muralla romana, cuyo trazado se difuminó conforme la urbe se expandió, varios de estos solares contaban con siglos de historia previa, como documenta este recorrido por la desaparición de la muralla.
Anatomía de las fachadas voladas
Las casas colgadas del Coso compartían una serie de rasgos repetidos que las hacían fácilmente identificables. El piso superior, generalmente el noble, avanzaba entre medio metro y un metro y medio respecto a la línea inferior, apoyado en canecillos que funcionaban como auténticos brazos estructurales. Bajo aquel vuelo se abría una galería de ventanas con carpinterías de cuarterones y, en los casos más distinguidos, balcones corridos protegidos por barandillas de hierro forjado.
La decoración variaba en función del rango del propietario. Las familias más acomodadas encargaban a tallistas locales blasones, escudos y figuras alegóricas que se esculpían en las ménsulas y en las impostas. Las viviendas de menestrales y artesanos, en cambio, presentaban adornos más sobrios, reducidos a molduras geométricas y roleos de yeso policromado. En cualquier caso, el efecto conjunto era el de un cielo rasado continuo, configurado por la sucesión de aleros y vuelos que proporcionaba sombra incluso en pleno verano.
Otro elemento distintivo eran los miradores acristalados o tribunas, que proliferaron a partir del siglo XVIII, cuando los progresos técnicos en la fabricación de vidrios planos permitieron cerrar grandes vanos. Estos cuerpos avanzados permitían a las familias observar la calle sin exponerse al rigor del clima y constituían un signo evidente del estatus de los moradores. Sin embargo, su peso adicional aceleró el desgaste de muchas ménsulas originales, lo que obligó a refuerzos sucesivos que, con el tiempo, desnaturalizaron la ligereza inicial de las fachadas.
El lento ocaso de los voladizos
El declive de las casas colgadas del Coso fue un proceso gradual que respondió a causas múltiples. Las desamortizaciones del siglo XIX, al traspasar a manos privadas numerosos inmuebles eclesiásticos y concejiles, transformaron la lógica patrimonial y favorecieron intervenciones poco respetuosas con la estructura histórica. De forma paralela, los cambios en la normativa municipal sobre alineaciones y condiciones de habitabilidad fueron poniendo en entredicho la continuidad de las construcciones suspendidas sobre la calzada.
A esta situación se sumó el desgaste natural de las estructuras de madera, atacadas por la humedad y la carcoma, y la dificultad de ejecutar reparaciones integrales en fincas frecuentemente divididas en múltiples viviendas. Las fotografías de principios del siglo XX muestran ya numerosos inmuebles apuntalados y con los vuelos recortados para evitar riesgos de derrumbe, en una paulatina pérdida de entidad que culminaría décadas después.
La transformación radical llegó con las operaciones de reforma interior de los años sesenta y setenta, cuando el crecimiento demográfico y la presión por modernizar el casco histórico facilitaron la demolición de edificios considerados obsoletos. Algunas de las casas colgadas sobrevivieron gracias a su inclusión en catálogos incipientes, pero otras tantas fueron sacrificadas en aras de una nueva fisonomía alineada con los principios de la arquitectura funcionalista. La piqueta, más que cualquier otro factor, selló el destino del patrimonio arquitectónico civil del Coso.
Lo que cuentan las fotografías antiguas
El archivo gráfico resulta imprescindible para reconstruir la memoria de las fachadas perdidas. Las placas estereoscópicas, las tarjetas de visita y las postales ilustradas producidas entre 1860 y 1930 conservan testimonios excepcionalmente precisos de los vuelos, las galerías y los aleros que caracterizaban al conjunto urbano. Al comparar estas imágenes con la fotografía actual, se hace palpable el contraste entre la variedad tipológica de antaño y la homogeneidad formal del Coso contemporáneo.
Una de las estampas más repetidas en el fondo documental de la ciudad muestra el tramo comprendido entre la actual plaza de España y la calle de Don Jaime I, donde se alineaban al menos siete inmuebles dotados de vuelos de notable desarrollo. Los negativos sobre cristal, custodiados en archivos institucionales, permiten apreciar detalles que las reproducciones impresas suelen difuminar: la textura de la madera, los herrajes de los balcones e incluso los rótulos de los comercios que ocupaban las plantas bajas.
Estas imágenes han sido digitalizadas y puestas al alcance de la ciudadanía a través de iniciativas que buscan reactivar la reflexión patrimonial. El ejercicio comparativo resulta especialmente elocuente cuando se examinan las esquinas y los cruces, donde la alteración de las alineaciones ha modificado sustancialmente la percepción del espacio.
La huella en la memoria colectiva
Aunque las fachadas suspendidas han dejado de formar parte del paisaje del Coso, su rastro permanece en la memoria de varias generaciones de zaragozanos. Muchas personas de edad avanzada recuerdan todavía los balcones donde sus abuelos se asomaban para ver las procesiones, o los aleros bajo los que se cobijaban del sol en las tardes de estío. Esas reminiscencias personales, transmitidas a menudo de forma fragmentaria, configuran un patrimonio inmaterial que las piedras derruidas ya no pueden evocar por sí solas.
La literatura costumbrista aragonesa del siglo XIX y principios del XX se hizo eco de la peculiaridad de aquellas viviendas, describiendo con detalle escenas callejeras en las que los vuelos desempeñaban un papel casi escenográfico. Escritores locales y cronistas ocasionales dejaron constancia escrita de un paisaje urbano que las fotografías corroboran, ofreciendo un cruce de fuentes particularmente fértil. Cuando se aúnan testimonios gráficos y textos literarios, la reconstrucción del Coso de los voladizos adquiere una consistencia que trasciende la simple nostalgia.
En el ámbito urbanístico, la cuestión de los vuelos sobre las vías públicas sigue siendo un asunto vivo en el debate patrimonial. Algunas ciudades españolas y europeas han optado por recuperar tipologías históricas en sus planes especiales de protección, integrándolas en un lenguaje arquitectónico contemporáneo que dialoga con la tradición. Aunque Zaragoza no ha impulsado por ahora una operación de este calado en el Coso, el creciente interés por la rehabilitación de los centros históricos podría abrir nuevas vías para una eventual reconstrucción evocadora de aquellos cuerpos suspendidos.
El Coso fue mucho más que una calle comercial: fue el escenario donde las fachadas colgadas contaban, con cada canecillo y cada balcón, la historia de una ciudad que crecía hacia arriba cuando no podía hacerlo hacia los lados. Aunque aquellas construcciones han desaparecido casi por completo del paisaje, su rastro permanece en archivos, fotografías y relatos que permiten seguir leyéndolas como páginas abiertas del pasado zaragozano. Invitamos a recorrer este y otros episodios de la historia urbana a través de las colecciones de Zaragoza Ayer y Hoy, donde la comparativa entre imágenes antiguas y actuales revela capas de memoria que el asfalto actual ha intentado borrar.