La plaza de San Felipe antes y después del bombardeo de 1808

La plaza de San Felipe ocupa desde hace siglos una posición singular dentro del Casco Viejo de Zaragoza. Situada en la confluencia de varias calles de tradicional actividad artesanal y comercial, este enclave ha sido testigo del pulso cotidiano de generaciones de zaragozanos. Su cercanía con la iglesia homónima y con antiguas vías de paso hacia el Ebro le otorgó durante siglos un papel articulador en la vida vecinal, siendo escenario de mercados menores, procesiones religiosas y reuniones informales que dibujaban el carácter popular del barrio.

Comparar su fisonomía actual con la que mostraba hace más de dos siglos permite reconstruir una historia urbana hecha de capas sucesivas. Las imágenes antiguas, los grabados y las fotografías contemporáneas se convierten en herramientas indispensables para entender cómo la piedra y el espacio público dialogan con la memoria colectiva. En el archivo visual de zaragozaayeryhoy.com se conservan testimonios gráficos que permiten apreciar estas transformaciones con una nitidez poco habitual en otras fuentes documentales.

El presente texto propone un recorrido visual e histórico por uno de los episodios más decisivos que vivió este rincón de la ciudad: el asedio francés de 1808. A partir del contraste entre las estampas previas y las imágenes posteriores al conflicto, es posible apreciar el dramático proceso de destrucción y lenta reconstrucción que afectó a buena parte del casco histórico. Por encima del simple ejercicio comparativo, lo que se persigue es subrayar el valor de la fotografía como vehículo para preservar el patrimonio inmaterial ligado a un lugar concreto.

La Guerra de la Independencia española y, en particular, los conocidos como Sitios de Zaragoza, supusieron un punto de inflexión en la configuración urbana de la ciudad. En cuestión de meses, barrios enteros quedaron reducidos a escombros, y la traza medieval que había sobrevivido durante generaciones se vio bruscamente alterada. La plaza de San Felipe, por su ubicación estratégica y su cercanía a las defensas, no fue una excepción a esta transformación profunda y traumática.

El corazón de un barrio popular antes de 1808

Antes del estallido del conflicto, la plaza de San Felipe se caracterizaba por una atmósfera reconociblemente popular. Las casas de varios pisos, muchas de ellas con soportales y galerías de madera, daban al recinto una escala humana y un aire recogido. La iglesia de San Felipe, que daba nombre al conjunto, articulaba la vida religiosa del vecindario y servía como referencia visual para quienes transitaban por las calles adyacentes.

En torno a la plaza se disponían pequeños talleres, tiendas de comestibles, mesones y viviendas de artesanos. El ajetreo diario incluía la presencia de vendedores ambulantes, carros cargados de productos agrícolas y vecinos que aprovechaban los soportales para conversar al abrigo del sol o de la lluvia. Esta dinámica, común a muchas plazas del Casco Viejo, convertía al lugar en un auténtico microcosmos social donde se reflejaban los ritmos de la ciudad.

Las fuentes escritas y los grabados conservados describen un espacio animado pero ordenado, donde las fachadas encaladas y los tejados de teja árabe componían una silueta armónica. La plaza contaba con un pozo o fuente que servía para abastecer a los vecinos y que constituía, junto con la iglesia, uno de los polos principales de la vida comunitaria. Este equilibrio sería drásticamente alterado en cuestión de semanas durante el verano de 1808.

El asedio francés y el impacto del 1808

La llegada de las tropas napoleónicas a las puertas de Zaragoza, en junio de 1808, desencadenó una de las páginas más heroicas y devastadoras de la historia urbana de la ciudad. La resistencia liderada por José de Palafox y Palafox provocó la respuesta contundente del ejército francés, que optó por un asedio prolongado con el objetivo de rendir a la población mediante el hambre y los bombardeos sistemáticos.

Durante el primer Sitio y, sobre todo, en el segundo Sitio que se extendió entre diciembre de 1808 y febrero de 1809, las tropas francesas emplearon piezas de artillería pesada para batir las posiciones defensivas situadas en el casco urbano. La plaza de San Felipe, ubicada en un sector próximo a las murallas y a varios de los conventos convertidos en bastiones, se encontraba en una zona particularmente expuesta al fuego enemigo. Las baterías situadas en la margen izquierda del Ebro y en los cerros cercanos tomaron la plaza como objetivo reiterado.

Los efectos del bombardeo no tardaron en hacerse patentes. Numerosas viviendas quedaron destruidas, los muros de la iglesia sufrieron graves desperfectos y el espacio abierto se llenó de escombros y cascotes. Los testimonios de la época relatan escenas dramáticas, con vecinos refugiados en sótanos y zaguanes, y con continuos intentos de sofocar incendios provocados por las bombas incendiarias que los sitiadores lanzaban sobre la ciudad.

Las ruinas y el paisaje devastado

Tras la capitulación de febrero de 1809, la plaza de San Felipe ofrecía un aspecto desolador. Donde antes se levantaban viviendas regulares y soportales animados, ahora solo quedaban muros ennegrecidos, fachadas sin cubiertas y montones de piedra y yeso dispersos por el suelo. La iglesia, aunque aún en pie en parte de su estructura, había perdido techumbres, retablos y ornamentos, conservando únicamente los muros perimetrales como mudos testigos del castigo sufrido.

El paisaje urbano tras los Sitios ha quedado reflejado en una serie notable de dibujos, grabados y pinturas realizadas por artistas que acompañaron a las tropas francesas o que visitaron la ciudad en los meses inmediatamente posteriores. Estas imágenes muestran calles convertidas en auténticos desiertos de escombros, fachadas desgarradas por los impactos de la artillería y un horizonte urbano irreconocible para quienes conocían la Zaragoza anterior al conflicto. La plaza de San Felipe aparece en varios de estos testimonios gráficos como un ejemplo elocuente de la devastación generalizada.

Aparte del valor artístico, estas representaciones constituyeron los primeros documentos visuales comparativos del cambio urbano, una práctica que siglos después tendría continuidad en los archivos fotográficos modernos. La contemplación de las ruinas despertó una intensa reflexión entre los propios zaragozanos, conscientes de que la ciudad que conocían había desaparecido en buena medida bajo el fuego de la artillería.

La lenta reconstrucción del tejido urbano

La recuperación de la plaza de San Felipe se prolongó durante años y respondió a criterios que mezclaban la urgencia práctica con la necesidad de dotar al barrio de nuevos equipamientos. Las primeras intervenciones se limitaron a retirar escombros y a apuntalar los muros que aún podían mantenerse en pie, con el objetivo de evitar el desplome de las estructuras vecinas y de permitir el tránsito por la zona.

La reconstrucción propiamente dicha se llevó a cabo de manera gradual, aprovechando en parte los materiales recuperados de los derribos y adaptando las nuevas construcciones a las necesidades de un vecindario que había quedado diezmado por la guerra, el hambre y las enfermedades. La iglesia fue restaurada con un proyecto que introdujo cambios sustanciales respecto a su configuración original, lo que explica que la fisonomía actual del templo presente diferencias notables con la que mostraba antes de 1808.

Con el paso de las décadas, la plaza fue adoptando un aspecto distinto al que había tenido en el período ilustrado. Las fachadas se alinearon con nuevos criterios urbanísticos, las alturas se regularizaron y se introdujeron elementos ornamentales que hasta entonces no existían. La vida comercial y vecinal se reanudó lentamente, aunque la huella del asedio quedó grabada durante generaciones en la memoria de los descendientes de quienes lo sufrieron.

La huella en el presente y la memoria visual

Hoy, la plaza de San Felipe conserva escasos elementos visibles de su configuración previa a los Sitios, pero sigue siendo un punto de referencia dentro del Casco Viejo zaragozano. Las fotografías antiguas, al compararse con las vistas actuales, revelan la magnitud de las transformaciones sufridas y ponen de relieve la capacidad de la arquitectura para absorber las capas sucesivas de la historia. Cada rincón de la plaza es, en este sentido, un pequeño palimpsesto urbano.

El contraste entre las imágenes decimonónicas y las instantáneas contemporáneas permite apreciar tanto los cambios arquitectónicos como las modificaciones en los modos de vida. Lo que fue escenario de episodios bélicos y luego de una larga posguerra es ahora un espacio de paso y de encuentro donde se mezclan turistas, vecinos y estudiantes. Esta metamorfosis queda recogida con detalle en una entrada del archivo, donde se documentan los procesos de cambio y las iniciativas ciudadanas orientadas a proteger el patrimonio.

Recorrer la plaza con la mirada puesta en sus fantasmas del pasado se convierte así en un ejercicio de memoria activa. Las fotografías comparativas, los mapas históricos y los grabados disponibles en distintos proyectos editoriales locales invitan a detener el paso y a leer la ciudad como un texto escrito en piedra, en ruinas y en reconstrucciones sucesivas. Comprender lo que la plaza de San Felipe fue y es requiere abrir los ojos a la superposición de imágenes que el tiempo ha depositado sobre sus fachadas.

Te invitamos a recorrer la colección completa de imágenes históricas y contemporáneas del Casco Viejo zaragozano, donde podrás descubrir otros rincones de la ciudad que también conservan la huella de los Sitios. Comparte tus propias fotografías y contribuye a mantener viva la memoria visual de esta ciudad que tanto ha cambiado y tanto ha permanecido.